ANOTACIÓN A KEATS
A Pere Gimferrer
La belleza es dolor. Y el dolor es belleza
y ni uno y otro se pueden resistir.
Sobrepasan los dos las medidas del hombre:
se sienten para siempre, pero sólo una vez.
Un instante perpetuo los contiene
y, de pronto, sin más, se manifiestan
en el perfecto orden de las cosas
que mueve y origina su incomprensible acción.
No es un centro decible ni un objeto pensable:
la belleza gira sobre sí misma
como sobre sí mismo gira siempre el dolor.
No son iguales porque se diferencian
y en su coro de ángeles terribles
resuena, batida por las alas de lo informe,
la duda sobre cuál de los dos hay que elegir.
Una sangre invisible ensucia los espíritus
y el oro de los cuerpos nunca se llega a ver:
su luz florece siempre
al otro lado de los falsos espejos
que son los que devuelven
la imagen más exacta de la realidad.
Lo que miramos es un trampantojo
de algo que, aun estando dentro de nosotros,
se sitúa siempre más allá.
Es la verdadera esencia de las cosas
y refleja lo que las hace ser:
la dolorosa sensación de pérdida
que suena en la centrífuga visión de su fluir.
Aquello que se escucha no se oye: se siente.
Y aquello que se siente ya deja de existir.
Es el dolor de ser lo que allí se renueva
y es la propia vida lo que allí llega a ser.
El mármol de las cosas conoce lo terrible
como nosotros mismos conocemos
la crueldad del hecho de vivir.
Sólo porque morimos podemos soportarlo.
Dolor y belleza hacen que sea así.
Jaime Siles