EL POEMA MALOLIENTE
Cantar al poderoso, al atrevido,
al audaz, al osado, al benemérito,
eso así no es cantar: es humillarse,
es sentirse pequeño.
Porque algún móvil tuvo el que cantara:
cantó tal vez por humildad, por miedo,
por enlazar su nombre al poderoso,
quizás por el dinero.
Pero cantar al pobre, al apocado,
al que es humilde, tímido y modesto,
esto así sí es cantar porque no media
beneficio o provecho.
¡Alabe, pues, el bardo la opulencia,
a los reyes, los príncipes, los cetros;
que canten a las bellas o a los héroes
o a quien le tengan miedo!
Que yo, con mi bandurria destemplada,
que no lira de mágicos acentos,
voy a cantar al más humilde y triste:
¡¡¡voy a cantar al pedo!!!
Ya miro que se inquietan, se aturrullan,
se avergüenzan, se turban con mi intento;
que la vista dirigen a otra parte
por no leer mis versos...
¿Por no leerlos? ¿Y qué? ¿Cuál el motivo?
¿De dónde nacen tales aspavientos
y venirse el carmín a las mejillas
y por qué tales gestos?
¡Sólo porque a ocuparme voy ahora
de aquel humilde y triste prisionero,
que al abrirle las puertas de la cárcel
da gritos de contento!
¡Sí! De aquel que en la lengua de Castilla
llaman los académicos «el pedo»,
del mismo, en fin, que «pedo»
se apellida en la jerga del pueblo...
De aquel que desprendiéndose del vientre
oloroso vapor, fluido viento,
sale por el “tocayo” de ña Anita
con pavoroso estruendo.
Y ya que la emprendí vamos a cuenta:
¿qué raro ha de tener hablar de «un viento»?
Nadie se inquieta por hablar de Alisios
Cierzo, Simún, Etesio.
Y por decir la tos, el estornudo,
el suspiro, el regüeldo... ¿Y qué son éstos?
¿Qué es regüeldo, estornudo, tos, suspiro,
y qué cosa es el pedo?
Todo una misma cosa: aire que lanza el vientre,
el vientre con violencia, con estrépito,
por la nariz, la boca, por el... ¡Vaya!,
¡por donde encuentre abierto!
Y tose algún mortal y nadie chista;
otro estornuda y es corriente aquello;
lanza el otro un regüeldo nauseabundo
y es corriente el regüeldo.
Pero que no se pea... ¡Santa Mónica!
No hay quién sufra la bulla por el pedo
¡fo!... gritan unos; ¡uf!, contestan otros
y todos: ¡¡¡¿quién fue el puerco?!!!
Y el «pedorro» se queda calladito,
lleno de confusión, vergüenza y miedo,
cual si fuese culpable de algún robo,
homicidio o incendio.
¡Humanidad cobarde que se deja
ofuscar los sentidos con enredos;
que se inquieta, se afana y martiriza
con cosas como el pedo!
Porque, de veras, ¿qué distancia media
entre el pedo, la tos y los regüeldos?
¿Será por el camino que ellos siguen
para salir del cuerpo...?
¿Y abominar el pedo sólo porque
la salida la da por el trasero?
Pues, señor, ¡más decencia! ¿Peor no fuera
de frente..., así, de lleno?
Un pedo por la boca, en estornudo
o en tos que se mandara... ¡Dios del o
Fuera un escopetazo aquemarropa
con carga de asafétida!
Pobre pedo, te hieren te escanecen
con injurias, con burlas, con denuestos
y tú sufres callado como un mártir
la burla y el desprecio.
¡Alza altivo ese almizcle, no desmayes
y a salir con más fuerza del trasero,
procurando regar con tus olores
la nariz de los necios!
De esos que presumidos van creyendo
que son gloriosos cuerpos,
que ni tosen ni regüeldan
ni estornudan ¡¡¡ni se tiran un pedo!!!
Que no te canten como yo te canto
bien sea que salgas con horrible estruendo
o bien que te deslices sopladito
como fuelle de herrero...
Lo mismo da que suenes en falsete,
como cuerda de tiple o violoncello
al reventar, o estrepitoso y grave
en prolongado trueno.
Lo importante es que salgas bien cargado
de esas esencias que en el vientre habernos,
para la desazón del que te insulta
y gusta de tu dueño.
¡Pedo! ¡Te debo mucha bienandanza!
Soy por eso tu amigo y te venero
ya en el fondillo, ya a trasero limpio
o en la cobija envuelto.
Que un pedo bien olido, bien gustado,
bien saboreado a solas por su dueño,
es perfume de rosa... ¡quinta-esencia
de rico pebetero...!
Quien lo niegue es un tonto; por mi parte,
juro por esta cruz, dándole un beso,
que es el manjar mejor de los manjares
oler uno sus pedos...
Sobre todo un placer tan inocente
que ni el tiempo nos quita ni el dinero;
no hay que ir lejos por él, puede decirse
que es un gusto casero...
Y más que no es delito ni pecado:
¿dónde está el Catecismo, Ley, Decreto
que prohíba o al menos que censure
el asunto del pedo?
¡Ay! qué fuera del hombre cuando el cólico
le da y por el vientre le anda el viento,
si no hubiera el de atrás, puerta de escape
para salirte, ¡oh pedo!
¡Y se burlan de ti, flor del culantro
que en blancas telas estrellaste cielos;
además de sacar aires del vientre
también sacas luceros!
¡Qué importa! En tanto que este mundo ruede
la necia humanidad seguirá oliendo
y en la nariz del dandy y de la dama
tú reinarás, ¡oh pedo!
Reinarás sobre todo y sobre todos
en sermones, mercados, en congresos,
en la sala, la alcoba, la cocina,
en palacios y templos...
Pues todo el mundo pee: el Padre Santo,
cardenales, obispos, todo el clero;
pee la monja, pee el fraile, peen los blancos
y los indios... y los negros...
Hay ricos muy peídos, como hay pobres
que de pura fatiga van peyendo;
el chiquitín se tira sus peditos,
sus pedones el viejo.
La hermosa niña de cabellos rubios,
de lindos ojos y de labios frescos,
cuando menos lo piensa, hasta estrellados
deja oler sucios pedos...
Los doctores en leyes peen a chorros;
a todo chorro peen también los médicos
y el divino poeta es un pedorro
en cadencioso metro...
Lord Byron se peyó, ¡bardo sublime!,
de no, de un cólico él se hubiera muerto;
peyeron Víctor Hugo, el Dante, el Tasso
y Virgilio y Hornero.
Se peyó Napoleón el más caliente
y Alejandro y Aníbal y Pompeyo,
Leonidas y Escipión «El Africano»
¡y Bolívar el nuestro!
¡Y lo mismo peyeron tanto otros
gigantes del saber, grandes ingenios,
como Shakespeare, Cervantes y los Dumas,
Chateaubriand y Longfellow!
¡Peyeron siempre todos los monarcas
y sabios y estadistas y guerreros;
de la cuna al sepulcro, humildes todos,
dieron paso a sus pedos!
Y así, por lo que suena, el mundo todo
es de pedorros amplio semillero:
unos peen más bajito, otros más alto,
¡¡¡todos peemos!!!
Y el último mortal que desaparezca
de este mundo de lágrimas y yerros
será también el último pedorro
¡¡¡y acabará en un pedo!!!
Juan José Botero