EL AROMA DEL AIRE
Una casa del barrio.
En el suelo de la sala, juega un niño.
Mientras, un radiante haz de luz
encuentra —preciso—
la rendija por donde colarse
para dar color
al los juegos de la corriente.
Un nauseabundo olor a ron
que desprende la garganta del padre
pone el aroma del aire.
A medio afeitar —de reojo—,
observa al niño que, desnudo,
juega con una maltrecha jeringa
en el suelo de barro de la sala
construida con tablones de madera
entre los cuales se cuela
—junto al haz de luz—,
algún ratoncillo que suele repartir
el aire, el aroma, el color,
el suelo, la sala, la casa
y el barrio,
a las afueras de Managua.
Jorge del Rosario